Artículo II.10
Este artículo forma parte de «El universo pone las reglas», una serie de posts que acompaña la publicación de El renacimiento de la ciencia ficción dura, nuestra edición en español de The Hard SF Renaissance, antología editada por David G. Hartwell y Kathryn Cramer. Los textos de la serie parten de los relatos y comentarios editoriales reunidos en la obra, que Engrane Planetario publicará en tres volúmenes.
En «La buena rata», de Allen Steele, ofrecerse como sujeto de experimentación es una manera de ganarse la vida. Los animales han dejado de ocupar ese lugar; ahora lo toman voluntarios humanos. Así presentan el relato David G. Hartwell y Kathryn Cramer en El renacimiento de la ciencia ficción dura. Parece una mejora para los animales. Para las personas que cobran por poner el cuerpo, habría que preguntar qué otras opciones tienen.
Esa sustitución basta para que un laboratorio se convierta en escenario de un conflicto. Alguien necesita probar una técnica; alguien más necesita un ingreso. Antes de saber si el experimento funciona, ya queremos saber qué llevó a esa persona a ofrecerse y cuánto está dispuesta a arriesgar.
En «Jugar con la red puesta» vimos cómo las leyes del universo pueden inspirar una historia. Cuando el escritor trabaja con la biología, ese universo se vuelve muy cercano. Está en el cuerpo que duerme, se alimenta o enferma. Intervenir en él puede cambiar nuestra manera de vivir, pero también lo que otros esperan de nosotros. Los relatos de la antología exploran hasta dónde llegan esas consecuencias.
Cuando cambia quien usa la tecnología
Para Paul McAuley, imaginar el futuro alrededor de un único gran invento resulta insuficiente. En la entrevista reproducida junto a «Guerras genéticas», cuestiona esa costumbre de la ciencia ficción y recuerda que el cambio avanza continuamente en muchos frentes. La biotecnología se desarrolla mientras también cambian la economía, las costumbres y las personas que la utilizan.
En «Guerras genéticas», los editores encuentran precisamente ese movimiento: una biotecnología que se sale de control, transforma la sociedad y acaba por volver casi irreconocibles a los personajes. Adaptarse a la novedad deja de ser una tarea que pueda darse por terminada. Mientras alguien aprende a vivir de otra manera, las condiciones vuelven a cambiar.
Aquí hay un problema que vale la pena analizar. Solemos imaginar una herramienta y preguntarnos qué haríamos con ella. Si esa herramienta modifica nuestro cuerpo, quizá modifique también nuestros deseos. Lo que hoy nos parece una mejora, mañana podría llevarnos a desear algo que todavía no podemos siquiera imaginar. Contar ese proceso exige acompañar a personajes que van perdiendo el parecido con quienes eran al comienzo.
Un mundo pensado desde sus microbios
Joan Slonczewski empieza por algo mucho más pequeño. En «Microbio», según explican Hartwell y Cramer, la autora parte de una forma de organización del material genético de los procariotas, entre los que están las bacterias, e imagina un mundo donde organismos de ese tipo ocupan todos los nichos ecológicos. Una posibilidad de la vida microscópica se convierte en el punto de partida de un planeta entero.
Para entrar en ese mundo hay que aprender cómo funciona. Los editores emparentan el relato con los de Hal Clement, en los que comprender el entorno permite resolver un problema. La biología ofrece aquí la misma clase de juego que ofrecía la gravedad en su célebre novela: impone condiciones que los personajes deben averiguar y respetar para salir adelante.
Slonczewski traslada sus muchos años de estudio de las bacterias a su ficción y, según cuenta en la entrevista citada, tiende a identificarse con su punto de vista. En algunas de sus novelas aparecen incluso bacterias conscientes. Al hablar de su obra, relaciona las máquinas con una historia mucho más antigua: la de animales y personas utilizados para hacer el trabajo de otros. Esa comparación obliga a mirar al ser que trabaja, además de la utilidad que se obtiene de él.
Podríamos diseñar un ser vivo para que hiciera una tarea. Si además tuviera conciencia e intereses propios, ¿qué le deberíamos? Pensemos en los temibles shoggoths de Lovecraft. Saber producir una capacidad útil no nos dice cómo tratar a quien la posee.
Vivir sin dormir
Los niños de «Mendigos en España», de Nancy Kress, no necesitan dormir. La ingeniería genética les ha dado una capacidad que es fácil envidiar: mientras los demás duermen, ellos siguen despiertos. Sin embargo, esos niños son perseguidos por ser diferentes. La ventaja biológica no les asegura una bienvenida.
Podemos imaginar lo que permitirían esas horas adicionales: aprender un oficio, trabajar más o dedicar más tiempo a nuestra familia y amigos. También podríamos imaginar la presión de aprovecharlas siempre. ¿Qué esperaríamos de alguien que no necesita dormir? El valor de esa capacidad depende tanto de lo que haga su poseedor como de las exigencias y oportunidades que encuentre a su alrededor.
Kress abordó esas obligaciones al hablar de la novela que nació del relato. En la entrevista recogida por los editores, explica que pensaba en dos extremos: el individualismo de Ayn Rand y la solidaridad de la sociedad anarquista imaginada por Ursula K. Le Guin. Ninguno la convencía del todo. Al primero le reprochaba olvidar que somos una especie social; la sociedad de Le Guin le parecía demasiado idealista.
La discusión se vuelve menos abstracta al pensar en esos niños. Tener una capacidad que otros no poseen no dice cuánto les debemos ni cuánto tienen derecho a pedirnos. Kress nos permite quedarnos con la dificultad, sin que una modificación genética venga acompañada de instrucciones para convivir.

Quién paga la investigación
Brian Stableford quería que los lectores miraran más allá de las máquinas. En un ensayo citado por Hartwell y Cramer escribió: «Personalmente, espero que en el futuro haya más lectores de ciencia ficción dura interesados en las biotecnologías además de las tecnologías inorgánicas, o incluso en lugar de ellas».
Tampoco creía que una historia tuviera que acabar bien para que disfrutáramos leyéndola. Le interesaban la ironía, la rareza y los lectores capaces de disfrutar de una historia sin exigirle un final feliz convencional. Cambiar la materia con la que se escribe podía cambiar también el gusto que deja la lectura.
Su relato «Una carrera en química sexual» se ocupa, según los editores, del lado comercial de la investigación, y lo hace con una mirada sardónica. El laboratorio tiene cuentas que pagar. Alguien decide qué vale la pena investigar y espera obtener algo a cambio. Esas decisiones definen el futuro de un descubrimiento desde antes de que llegue a manos de sus usuarios.
Stableford apunta hacia el comienzo del proceso que McAuley explora a través de la sociedad. Entre la idea de un investigador y una tecnología capaz de cambiar nuestras vidas hay dinero, decisiones y expectativas de beneficio. Después vendrá la dificultad de controlar lo que se ha puesto en marcha. La ciencia ficción encuentra historias en todo ese recorrido.
Hacer sitio a las personas
Sarah Zettel cuenta una confusión reveladora. Durante un tiempo le extrañó que la consideraran autora de ciencia ficción dura: le gustaba la ciencia ficción, pero creía detestar la ciencia. En las declaraciones recogidas junto a «La gracia de los extraños» explica cuánto la aburría la física. Podía, en cambio, pasar horas leyendo sobre biología o sobre la mente y las sociedades humanas.
Zettel también desconfía de la idea de que, una vez que las máquinas funcionen bien, lo demás se arreglará. Insiste en dos tareas que deben avanzar juntas: aprender a usar la tecnología y hacer que esta se ajuste mejor a las necesidades humanas. Podemos saber utilizar una máquina a la perfección y aun así vivir mal con ella.
Con los cuerpos, esa exigencia toca asuntos difíciles de dejar en manos de quien diseña una técnica. Un tratamiento puede funcionar y seguir fuera del alcance de quienes lo necesitan. Una ventaja puede traer obligaciones que nadie había previsto. El interés de estos futuros está también en las personas que intentan hacerse una vida con lo que la ciencia vuelve posible.
Volvamos a los voluntarios de «La buena rata». La investigación ha encontrado quién ocupe el lugar de los animales, y esas personas han encontrado una fuente de ingresos. Queda por saber de qué otras maneras podrían ganarse la vida. Esa información, tan ajena en apariencia al resultado de un experimento, puede cambiar lo que entendemos por ofrecerse voluntariamente.
Sobre las fuentes
Este artículo parte de los comentarios editoriales de David G. Hartwell y Kathryn Cramer en The Hard SF Renaissance. Se consultaron las notas de «Guerras genéticas», «Microbio», «Mendigos en España», «Una carrera en química sexual», «La gracia de los extraños» y «La buena rata». Las declaraciones de McAuley, Slonczewski, Kress, Stableford y Zettel se citan o parafrasean a partir de esos comentarios; la cita de Stableford se traduce del inglés. Las preguntas y relaciones entre los casos corresponden al análisis de este artículo.


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