Artículo III.13
Política y vida cotidiana en la colonización del espacio
Este artículo forma parte de «El universo pone las reglas», una serie de posts que acompaña la publicación de El renacimiento de la ciencia ficción dura, nuestra edición en español de The Hard SF Renaissance, antología editada por David G. Hartwell y Kathryn Cramer. Los textos de la serie parten de los relatos y comentarios editoriales reunidos en la obra, que Engrane Planetario publicará en tres volúmenes.
Dos hombres vuelan hacia la montaña más alta de Marte. En el camino aprenden algo del planeta y de sí mismos. Es «Monte Olimpo», de Ben Bova. La situación reúne varios placeres de la ciencia ficción dura: un lugar por conocer, una dificultad material y personajes capaces de enfrentarse a ella. En la obra de Bova, además, el espacio ofrece oportunidades a exploradores y empresarios.
Entre explorar un lugar y convertirlo en una oportunidad de negocio hay decisiones que ninguna montaña puede tomar por nosotros. Podemos calcular lo necesario para llegar hasta ella; esos cálculos no establecen quién debe financiar la expedición, quién podrá instalarse allí ni qué derechos tendrán quienes lleguen después. En cuanto llamamos frontera a ese paisaje, empezamos a imaginar una sociedad.
La palabra trae consigo una promesa: más allá de lo conocido habrá espacio para empezar de nuevo. Esa promesa admite proyectos distintos. Puede favorecer la iniciativa individual, justificar una empresa o abrir la discusión sobre cómo vivir juntos. También puede dejar en segundo plano a quienes construyen y mantienen las instalaciones que hacen posible la aventura.
Bova confía en el conocimiento. En una entrevista recogida en la antología, sostiene que podemos comprender el universo y que aprender nos vuelve más capaces y mejora nuestras vidas. Su optimismo tiene una tarea concreta: averiguar cómo pasar del presente a esos futuros que imagina.
Sus exploradores y empresarios pertenecen a una tradición estadounidense que le debe mucho a Robert A. Heinlein. En ella, la confianza en la ciencia suele ir de la mano de la confianza en la iniciativa individual. Pero saber que podemos resolver un problema no nos dice cómo debemos organizar la economía. Una historia puede reunir ambas convicciones con tanta naturalidad que dejemos de percibir dónde termina una y comienza la otra.
Poul Anderson expresa con claridad su preferencia por el individuo. En una entrevista reconoce su afinidad con Heinlein y una «predilección libertaria» por la libertad individual, acompañada de desconfianza hacia los sistemas grandes que pretenden abarcarlo todo. Usa libertaria en el sentido político estadounidense: defiende la autonomía de cada persona frente a los grandes poderes que pueden restringirla.
Sus personajes saben hacer cosas, confían en la razón y resisten la adversidad. Hay soldados, comerciantes y científicos. Para ellos, la libertad se ejerce al decidir, actuar y asumir un riesgo. La frontera les ofrece un buen escenario: los aleja de las estructuras conocidas y pone a prueba lo que pueden hacer por cuenta propia.
Desde luego, Anderson no escribe siempre la misma historia. En «Génesis», un relato suyo incluido en la antología, sus preferencias políticas son menos evidentes que en otras obras. Hartwell y Cramer también distinguen su influencia literaria de la transmisión de sus ideas políticas. Se puede aprender de Anderson a imaginar escalas enormes sin compartir su desconfianza hacia los sistemas colectivos.
Michael Flynn y Allen Steele, por su parte, muestran cómo cambia la vida espacial según quién la cuente. La secuencia de novelas iniciada con Firestar, de Flynn, busca reactivar la frontera del espacio mediante la empresa privada. La herencia de Heinlein se reconoce aquí en una visión cercana a la derecha libertaria.
El proyecto empresarial ocupa un lugar central en la explicación de cómo se puede avanzar hacia la colonización del espacio. Para quien lea desde esa perspectiva, la pregunta decisiva es qué permite poner en marcha la iniciativa y qué la detiene. Antes del primer despegue, alguien debe reunir los recursos y conseguir que el proyecto funcione.
Steele comparte el interés por un futuro de naves y hábitats, pero también dirige nuestra atención hacia quienes trabajan en ellos; este giro remite a la izquierda política. Sus personajes suelen ser personas corrientes, ocupadas en las dificultades diarias de vivir y trabajar en el espacio. Al comentar la obra de Flynn, Hartwell y Cramer remiten expresamente a la historia futura de Steele para compararlas.
Esa comparación permite cambiar de posición dentro de una misma instalación imaginaria. Podemos seguir a quien consigue los recursos para construirla o a quien pasa allí la jornada y debe reparar lo que falla. Ambos hacen posible que exista. Sin embargo, sus preocupaciones no tienen por qué coincidir. Quien invierte querrá saber si el proyecto es rentable; quien trabaja allí también necesitará saber cómo será su vida.
Además, la aventura dura más cuando hay que hacerse cargo del mantenimiento. Después de la hazaña de llegar, vienen años de tareas repetitivas y hasta tediosas. La libertad de establecerse lejos de la Tierra convive con la dependencia de equipos, suministros y otras personas. Habría que preguntarse cuánto margen de decisión conserva alguien cuya vida cotidiana depende de una instalación que pertenece a otro.

Kim Stanley Robinson se pregunta cómo vivir en comunidad dentro de esa misma imaginación fronteriza. Su trilogía de Marte combina el interés por la colonización con ideas de izquierda, comunitarias y de utopía socialista. Destaca tanto la atención al planeta concreto como el esfuerzo por imaginar de qué manera convivirían sus habitantes.
Marte obliga a resolver dificultades materiales, pero sigue habiendo desacuerdo sobre la sociedad que podría establecerse allí. En Robinson, la convivencia merece el espacio que otras historias conceden al viaje. Empezar de nuevo también significa discutir qué relaciones sociales nos llevamos desde la Tierra y cuáles queremos cambiar. Los habitantes pueden estar de acuerdo en cómo funciona el planeta y seguir discutiendo cómo vivir en él.
Tampoco podemos repartir estas ficciones entre una Norteamérica individualista y una Europa inclinada hacia lo colectivo. Al hablar de Robert J. Sawyer, Hartwell y Cramer señalan una diferencia que complica ese reparto: aunque los temas de frontera separan la tradición norteamericana de la europea, durante los años noventa, las posiciones políticas de los escritores canadienses estaban más cerca de las británicas que de las estadounidenses.
Sawyer conserva, además, el entusiasmo por los pioneros. Al hablar de «Los hombros de gigantes», cuenta que quiso recuperar el asombro que lo había llevado a leer ciencia ficción. El relato plantea una complicación muy propia del género: quienes emprenden un viaje interestelar lento pueden verse rebasados por avances técnicos posteriores. Partir primero deja de garantizar la posición que los viajeros esperaban ocupar en el futuro.
La promesa de la frontera se vuelve entonces más incierta. El esfuerzo de los pioneros puede ser real, y también su valentía, sin que el universo les reserve una recompensa. Habría que pensar qué les deben quienes llegan después. Admirar una expedición no resuelve las obligaciones entre generaciones ni los derechos que alguien podría reclamar por haber llegado antes.
Vale la pena seguir la aventura un poco más allá de la llegada. Una vez construido el hábitat, habrá que decidir quién lo mantiene, quién toma las decisiones y qué puede hacer quien no esté de acuerdo. El oxígeno tendrá que alcanzar para todos. Cómo se reparte el trabajo necesario para producirlo será parte de la vida que esos personajes hayan ido a buscar.
Nota de fuentes
Este artículo parte de la introducción y los comentarios editoriales de Hartwell y Cramer sobre los autores citados. Las preguntas sobre propiedad, trabajo y convivencia son parte de nuestra lectura.


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