Artículo II.7
Este artículo forma parte de «El universo pone las reglas», una serie de posts que acompaña la publicación de El renacimiento de la ciencia ficción dura, nuestra edición en español de The Hard SF Renaissance, antología editada por David G. Hartwell y Kathryn Cramer. Los textos de la serie parten de los relatos y comentarios editoriales reunidos en la obra, que Engrane Planetario publicará en tres volúmenes.
Kim Stanley Robinson propone una escena poco prometedora para el buscador de aventuras: un geólogo escarba entre las rocas y luego intenta convencer a otras personas de que sus observaciones respaldan sus conclusiones. Esto puede llevarle mucho tiempo y terminar sin una respuesta definida. En una entrevista con Locus recogida por Hartwell y Cramer, Robinson señala que la ciencia ficción rara vez representa ese trabajo, con toda la lentitud, imprecisiones y tedio que involucra. Buena parte de la práctica científica, señala, se resiste a las exigencias habituales del relato dramático.
Estas declaraciones incomodan por sus implicaciones en un género que presume de tomarse la ciencia en serio. Una historia puede respetar las leyes de la física y, aun así, ofrecernos una imagen muy abreviada de cómo se llega a conocerlas. El descubrimiento resulta vistoso; las jornadas anteriores, menos. ¿Cómo hacer que también merezcan nuestra atención?
El tiempo de una investigación
En un artículo anterior, «Cuando el problema cuenta la historia», vimos cómo un problema científico puede organizar la acción. Aquí conviene detenernos en quienes lo investigan. La trama necesita una solución, pero el resultado de una investigación que justifique esa solución de la trama no siempre llega en el momento adecuado. Robinson añade otra dificultad: en ese proceso tampoco es fácil distinguir a los buenos de los malos. Una objeción bien fundamentada puede frustrar los objetivos del protagonista. Las leyes de la naturaleza no tienen la obligación de responder al arco del personaje.
La trilogía marciana de Robinson representa a científicos ocupados en su trabajo diario. La colonización de Marte exige conocer el lugar y aprender a convivir en él; las discusiones científicas forman parte de esa vida compartida. El paisaje tiene propiedades que deben estudiarse, y las personas tienen ideas distintas sobre lo que se debe hacer allí.
El escenario del geólogo y sus rocas contiene, además, una segunda tarea: convencer. Observar algo no garantiza que los demás acepten la explicación propuesta. Hay que mostrar cómo se pasa de la evidencia a la conclusión y permitir que alguien examine ese paso. Para una narración, allí hay un conflicto fértil: el personaje desea que su trabajo prospere, pero tendrá que responder a preguntas que quizá todavía no sabe contestar.
Contar ese proceso exige conceder valor narrativo a un avance parcial. Una explicación descartada puede modificar el rumbo de una vida; una duda razonable puede detener una decisión colectiva. La observación de Robinson abre esta posibilidad, aunque cada escritor deba resolver cuánto tiempo dedicarle y cómo hacerlo legible.
La ciencia ocupa una vida
El retrato editorial de Gregory Benford permite examinar el problema desde otro ángulo. En sus novelas, el pensamiento científico ocupa un lugar central en la vida psicológica de los personajes. Su trabajo es parte esencial de quienes son. Desde esta perspectiva, conocer el resultado de un experimento no agota lo que está en juego para el personaje.
Podemos leer esa caracterización como una invitación a preguntarnos qué le ocurre a alguien que ha invertido años en una idea. La confianza en el propio juicio, el gusto por discutir o la dificultad de abandonar una explicación pueden alimentar una historia. Son posibilidades críticas que se desprenden del retrato de Benford, no una lista de episodios que los editores atribuyan a todos sus libros.
También importa la distancia entre el oficio del autor y el de sus personajes. Geoffrey A. Landis cuenta que «Un paseo bajo el sol» (incluido en el tomo 2 de nuestra antología) nació de su trabajo sobre el suministro de energía solar a una base lunar. La larga noche de la Luna planteaba un problema de almacenamiento; entre las alternativas estudiadas estaba una base móvil que permaneciera bajo la luz. Esa pregunta técnica acabó convertida en ficción.
El comentario editorial presenta el cuento como una historia de supervivencia cuyo desarrollo depende de los recursos emocionales de su protagonista. No estamos ante una crónica del trabajo de laboratorio. Precisamente por eso el caso resulta útil: permite distinguir la investigación que alimenta una obra de la actividad que la obra decide narrar. Landis traslada un problema de su oficio a una experiencia extrema. Robinson, además, busca enfocarse en el tiempo que toma llegar a un descubrimiento.
Personas que pueden agotarse
Sarah Zettel cuestiona la confianza en que todo quedará resuelto cuando las máquinas funcionen bien. En la entrevista reproducida por los editores, sostiene que debemos atender las necesidades humanas y adaptar la tecnología a ellas, a la vez que aprendemos a utilizarla.
Hartwell y Cramer encuentran esa preocupación en «La gracia de los extraños» (incluido en el tomo 1 de nuestra antología). Lo describen como un relato de resolución de problemas, con un clímax espectacular, que también explora la depresión que puede experimentar una tripulación abandonada sin esperanza de rescate.
Saber qué habría que hacer y encontrarse en condiciones de hacerlo son situaciones distintas. El agotamiento o la desesperanza pueden impedir que una tripulación actúe, aunque cuente con los conocimientos necesarios. Una historia que atienda esa dificultad puede explorar cómo un grupo llega a sentirse incapaz de seguir adelante.
Zettel también cuenta cómo aprendió su oficio. Recuerda que Stanley Schmidt, editor de Analog, le devolvía relatos por errores en el calendario lunar, motores imposibles o una especie de pez equivocada. Responder a esas objeciones la obligaba a seguir investigando y escribiendo. Su recuerdo muestra cuánto trabajo de comprobación puede exigir la revisión editorial de una aventura que se lee con rapidez.
La conversación también cuenta

En «Construido sobre las arenas del tiempo» (incluido en el tomo 2 de nuestra antología), de Michael Flynn, científicos y personas ajenas a ese oficio coinciden en un relato que ocurre en un bar. Hartwell y Cramer destacan el humor, la economía de la caracterización y el giro científico.
En una conversación entre copas, un científico puede contar una historia, escuchar a otros o participar en una broma. La forma en que lo hace permite mostrar rasgos de su carácter que no conoceríamos por una explicación de su trabajo. La ficción puede acercarnos así a su vida social sin exigir que cada aparición suya culmine en un descubrimiento.
Ante el siguiente descubrimiento espectacular de una historia, podemos fijarnos también en el trabajo que lo hizo posible: quién recogió los datos, qué objeciones enfrentó y qué tuvo que corregir. Contar el tiempo que tarda en llegar una respuesta permite seguir a los personajes mientras trabajan con resultados incompletos y explicaciones todavía discutibles.
Nota de fuentes
Este artículo parte de los comentarios de David G. Hartwell y Kathryn Cramer en The Hard SF Renaissance sobre Kim Stanley Robinson, Gregory Benford, Geoffrey A. Landis, Sarah Zettel y Michael Flynn. Las declaraciones de Robinson, Landis y Zettel proceden de entrevistas reproducidas o citadas por los editores y se presentan en paráfrasis. Las conexiones entre estos pasajes y las propuestas de lectura son nuestras.


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